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PALABRAS DEL DR. TOMAS POLANCO ALCÁNTARA EL 27 DE NOVIEMBRE DE 2001
EN EL ACTO DE INSTALACIÓN DE LA CÁTEDRA FUNDACIONAL DE DERECHO
“DR. CARACCIOLO PARRA LEÓN”

 

Quiero agradecer a la familia Parra Aranguren y a las Autoridades de la Universidad Católica Andrés Bello el haberme designado para llevar la palabra en este acto, destinado a realizar las formalidades necesarias para constituir la Cátedra Fundacional Caracciolo Parra León.

Por su personalidad, sus virtudes intelectuales y morales y por el valor que representa en nuestra cultura he tenido y tengo por el Dr. Parra León un especial respeto.

Nunca lo conocí personalmente pues cuando él falleció yo tenía once años y cursaba el quinto grado en el Colegio San Ignacio donde era compañero de su hijo Gonzalo Parra Aranguren. Ya lo había sido de Andrés Eloy y luego, en la Universidad, también lo sería de Caracciolo.

Siempre tuve la amistad y el afecto de doña Josefina Aranguren de Parra y de sus hijas Josefina y Estrella y de sus esposos Tomás Aguilar M. y Fernando Rísquez.

La muerte del Dr. Parra ocurrió simultáneamente con la de Su Santidad el Papa Pío XI.

Dentro del ambiente de un Colegio Católico, de esa época, el fallecimiento del Santo Padre era un hecho importante que causaba conmoción y sentimiento entre los alumnos.

Además, para nosotros, era la primera vez que fallecía el padre de un compañero de curso.

Las dos noticias nos ocasionaron efectos de inquietud y dolor.

En particular, para mí, que tenía y tengo tanto afecto, veneración y respeto por mi padre, me impresionaba pensar lo tremenda que debía ser la vida de un niño cuyo padre desaparecía. Pero, no he venido a hablar de mí sino del Dr. Parra León.

Falleció a la edad de treinta y siete años, época de la vida en la cual un hombre se considera todavía joven ya que apenas está saliendo de la juventud.

Para la fecha de su muerte Parra León era dos veces Doctor; Numerario de dos Academias; había recibido la Orden Piana conferida por el Santo Padre; en las Bibliotecas figuraban dos magníficas Obras suyas, la Filosofía Universitaria y la Instrucción en Caracas. Ocupaba el cargo de Director del Ministerio de Relaciones Exteriores. Antes fue Director de la Biblioteca Nacional y Vice-Rector Encargado del Rectorado de la Universidad Central de Venezuela.

Su empresa PARRA LEON HERMANOS, realizó una inmensa labor historiográfica al editar libros que, por muchas decenas de años, habían estado fuera del alcance del lector venezolano.

Por ejemplo la Historia de Venezuela de Oviedo y Baños; la de Fray Pedro Simón; la de la Nueva Andalucía de Caulín; la inmensa relación versificada de Juan de Castellanos; la Visita del Obispo Martí etc.

Todas las ediciones de esos libros están acompañadas de un estudio preliminar realizado por el Dr. Parra con una asombrosa erudición y que no pierden actualidad, a pesar de las novedades documentales y bibliográficas que, desde entonces se han venido encontrando.

El Dr. Parra ejerció, como Abogado, en ocasiones a las cuales aludiré enseguida y en defensa de importantes personalidades de la Iglesia Venezolana. Asimismo, sus labores de abogado las realizó, por algunos años, en un Bufete que abrió junto con el Dr. Antonio Pulido Villafañe, su futuro consuegro y con quien emitió magníficos dictámenes jurídicos y alegatos administrativos que he tenido la oportunidad de examinar y leer.

Aquel personaje, que parecía como de fantasía dedicó su segunda tesis de grado al estudio de las Condiciones de la poesía mística. Los expedientes universitarios respectivos nos muestran que sus notas doctorales fueron de 20 puntos.

Resulta inimaginable que en un hombre de tan poca edad se hubiese podido reunir tal cantidad de actividades y conocimientos y que además le quedase tiempo para dar charlas, participar en reuniones intelectuales y hasta jugar con sus niños en los pozos de los ríos cercanos adonde estaba su residencia en tiempo de vacaciones.

No quiso permanecer en la serena tranquilidad de su biblioteca, de su oficina o de su taller. Era un ferviente admirador de lo que denominó, al recibir el Título de Doctor en ambos Derechos, la filosofía cristiana de los tiempos modernos que, a las eternas fuentes de la verdad une las conquistas de la mente humana durante los últimos tiempos.

En esa línea de conducta el doctor Parra León promovió y participó en la creación y funcionamiento de un Círculo de Estudios, el año de 1934, en cual actuaron con él, su fraterno amigo el doctor Mario Briceño Iragorry, mi abuelo Tomás Andrés Polanco, el doctor José Manuel Núñez Ponte, el doctor Crispín Ayala y otros importantes venezolanos del momento. Los temas eran, por ejemplo, el salario de los trabajadores de la construcción, la situación social en Venezuela Etc.

Mientras otras personas permanecían simplemente esperando el fin del gomecismo, Parra León preparaba la mente para los cambios que se avecinaban.

Más adelante, cuando don Mario fue Embajador de Venezuela en Costa Rica, su abundante correspondencia con el doctor Parra, que don Mario comentó, demuestra su concepción personal en ese sentido.

Fue un fervoroso admirador de la poesía mística que leyó en San Juan de la Cruz y en Santa Teresa, con esa audaz libertad espiritual, poderosa y fecunda y sintió el atractivo de la belleza que obliga al escritor a tratar de expresar lo que piensa con la elegancia de la forma.

El Dr. Ramón J. Velásquez, alumno suyo en los cursos de Filosofía en el Bachillerato del Liceo Fermín Toro, siempre ha narrado, con respeto, no solamente las clases en las cuales abría a sus alumnos panoramas desconocidos sino luego su camino de regreso hasta la imprenta acompañado de varios alumnos con quienes seguía la disertación que, en el decir de Velásquez, a veces era más interesante que la propia clase.

Regentó en la Facultad de Derecho de la Universidad Central de Venezuela la Cátedra de Principios Generales de Derecho que se dictaba en el primer año.

Era fundamental esa Cátedra en la formación del futuro Abogado porque le mostraba que el Derecho no era una mera técnica sino una exigencia necesaria de la naturaleza del hombre en sociedad pues cada ser humano está rodeado de derechos y deberes cuya existencia no depende de ninguna norma jurídica sino del mismo orden natural de las cosas.

Enseñaba cómo un sistema jurídico debe estar enmarcado dentro de una visión filosófica de la persona, la sociedad y el mundo y supone la existencia de valores que se respetan y que se quiere ver regir en la sociedad.

Abría, a los alumnos, el panorama de los distintos campos del Derecho para que observaran que las Ciencias Jurídicas no eran la continua aplicación del silogismos sino la cobertura normativa de toda la vida social.

No me agrada incluir anécdotas en mis exposiciones pero un testigo presencial dejó testimonio de cómo, en los tiempos turbulentos de 1936, un grupo de personas prepararon un documento para pedir al señor Presidente de la República que no se aplicara una supuesta ley que prohibía la presencia y estada de jesuitas en territorio venezolano. El texto fue llevado al doctor Parra León con la esperanza de que su firma fuese un respaldo jurídico muy fuerte para la petición.

El doctor Parra se negó a firmar con esta explicación: “En primer lugar un jurista puede pedir que derogue o se modifique una ley pero nunca que no se aplique. Además, puede estudiar si la ley está o no vigente. Eso es lo que he hecho y por eso afirmo que la supuesta ley que se me indica no está vigente”.

A aquel ciudadano eminente le correspondió participar, como Abogado, en dos acontecimientos dolorosos en la historia de la Iglesia Venezolana.

El fue quien preparó toda la argumentación jurídica requerida por Monseñor Montes de Oca, Obispo de Valencia, para defenderse de los atropellos que le estaba causando el desorden de los apetitos. Arriesgaba su libertad, su tranquilidad y la vida de su empresa y lo hizo sereno y sin ningún problema cumplió con su deber de Abogado.

Años más tarde le tocó otra intervención, especialmente incómoda, como fue la defensa ante la Santa Sede de la correcta conducta del Arzobispo Felipe Rincón González, acusado de falacias que no había cometido.

Ninguno mejor, para cumplir esa cometido, que Parra León, amigo del Arzobispo, conocedor del Derecho Canónico y con elegante manejo del latín, que terminó después no solamente con la alabanza de la Santa Sede al Arzobispo sino gracias a la presión diplomática, suave y eficaz, que hizo el Presidente López Contreras a través del otro gran Caracciolo, Caracciolo Parra Pérez.

Dicen las personas ignorantes que a los venezolanos no nos importa nadie y que dejamos morir en el olvido las personas eminentes. Me atrevo a pensar que ello no es cierto, al menos del todo.

Cuando escribí mi biografía de Caracciolo Parra León en 1988, la primera edición no bastó y fue necesario imprimir una segunda, con varios miles de ejemplares que adquirieron lectores que no imaginaron nunca que entre nosotros existió un hombre como ese.

Mientras estaba preparando el libro visité a doña Josefina, que había guardado una silente viudez de medio siglo. Ella, quizá por su afecto hacia mi persona, aceptó hablarme de su esposo y de esos detalles de la vida que no aparecen en los documentos ni en los libros y luego, al final de la visita, me llevó a ver algo que conserva con profundo afecto: el Diploma de la Orden Piana, firmado por el Cardenal Eugenio Pacelli, después PIO XII; el Diploma de Correspondiente de la Real Academia de la Historia, firmado por don Marcelino Meléndez y Pelayo y el Diploma de Numerario de la Academia Nacional de la Historia firmado por Pedro Manuel Arcaya.

Nadie en Venezuela tiene esas tres firmas para dar fe de un honor que han recibido.

Allí están también los libros que el Dr. Parra tenía en su Biblioteca. No todos desde luego, porque sus hijos, con pleno derecho, han reservado para sí bastantes de ellos, pero sí los suficientes para que me recordaran la Biblioteca original del Dr. Parra, en la parte alta de su casa de Salas a Caja de Agua y en donde tantas horas pasé, en compañía de Gonzalo, entre aquellos libros que me llevaron al mundo del estudio de la Historia atravesando unas puertas que mi padre y Víctor Jiménez Landínez, me habían abierto.

Desde que los entonces Numerarios de la Academia Nacional de la Historia, el año de 1979, tuvieron la bondad de elegirme para formar parte de la Institución, cada vez que he acudido a las sesiones de la Junta Ordinaria de los jueves, mi sillón me permite observar, estudiar, el retrato de Caracciolo Parra León que figura en el salón de sesiones. Parecería mantener esa mirada hacia el interior de su alma en búsqueda del mejor camino para encontrar siempre la verdad, la bondad y la belleza.

Bien está que se haya creado esta Cátedra Fundacional con el nombre del Dr. Caracciolo Parra León.

Servirá permanentemente a los Abogados, que con ella se relacionen, para recordar su existencia, su labor, su talento, su inmensa contribución al estudio de la Historia y del Derecho y su recia y valiente personalidad.

Estamos, con esa Cátedra, cumpliendo lo que ordena el Libro del Eclesiástico y que Parra había aplicado a don José Oviedo y Baños Alabemos a los hombres ilustres porque aunque su cuerpo permanezca en el sepulcro su fama y su nombre deben mantenerse por generaciones y generaciones”.

 

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