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REVISTA 110

 

PREGUNTAS A LA ESFINGE DEL SIGLO XXI LA POLÍTICA EXTERIOR DE VENEZUELA EN EL CONTEXTO DE LAS REALIDADES POSIBLES.

Simón Alberto Consalvi (*)

I. LA IDEA DE "FUTURO"

Para pensar en el futuro de Venezuela (o de cualquier otro país como el nuestro) quizás convenga despojarse de ciertas lecturas que se graban fatalmente en la memoria. Olvidarse, en primer lugar, de Ciorán: "Esperar es desmentir el futuro" o de quienes como el rumano han pensado que "el futuro siempre fracasa porque influimos demasiado en él". O, "Si Noé hubiera poseído el don de adivinar el futuro, sin duda habría naufragado". Conviene olvidarse de semejantes prédicas porque no se trata de un ejercicio nihilista, sino de una prueba de buena voluntad. El fin del siglo parece haber invitado a los intelectuales y a los historiadores a pensar lo que podría llamarse la "historia del futuro".

Unos cuantos se han tomado el trabajo de revisitar las predicciones que se hicieron, supongamos, al final de la II Guerra Mundial, para los próximos 25 años, o las que se hicieron a partir de entonces. El denominador común del desacierto predominó en todas ellas. Una útil advertencia para no fantasear. Pueden ensayarse ejercicios diferentes. Veamos: un hombre de gran sabiduría y discreción, el norteamericano Robert Heilbroner hizo una exploración de lo que llamó "Visiones del futuro / El pasado distante, ayer, hoy y mañana". Es como un viaje singular a las "visiones del futuro" desde la más remota antigüedad hasta estos tiempos. Para las civilizaciones antiguas pasado y futuro eran la misma cosa y, según el historiador, "no tenían razón alguna para esperar nada distinto". Esta era la clave: la expectativa.

La noción o idea del cambio se registra en un período mucho más corto, entre el siglo XVIII, entre los 1700, y los 50 de este siglo. A este período lo llama Heilbroner el "ayer". Tres ideas o tendencias dominan entonces a Occidente: en primer lugar la Ciencia con su promesa de dominar la naturaleza; el surgimiento de medios dinámicos de organización de la producción llamado capitalismo, y en tercer lugar, el hombre, la gente. El hombre adquiere la convicción de que es el creador de su destino, "the master of their destinies". Estas tres ideas generaron la creencia de que "el futuro será mejor que el pasado".

Es la idea que predomina en este fin de siglo, pero con algunas aprensiones en torno a la Ciencia, en torno al capitalismo y a su extensión global; la globalización plantea muy serias incógnitas, entre ellas el fantasma del desempleo y de una competencia sin límites. El hombre padece de una incertidumbre que lo desvela y, a veces, lo predispone. "Visiones del futuro" no es un libro de predicciones, sino de comprobaciones a partir de las cuales puede uno derivar sus propias conclusiones o expectativas. Con un antecedente como este de Heilbroner, o a partir de su método, podría ensayarse a escala venezolana lo que entre nosotros ha predominado como esa "visión" de futuro muy frecuentemente condenada a confundirse como simple espejismo. La exploración, además, puede resultar de suma utilidad en el debate y en la definición del país que queremos ser o que podemos ser.

II. LA IDEA DE "FUTURO" EN VENEZUELA

En Venezuela asistimos al fin de un período histórico, y esta misma circunstancia genera interrogantes de diversa naturaleza. Vivimos bajo los sones confusos del "vals de los adioses", antesala de cambios muy profundos. Más allá de lo eminentemente venezolano, en nuestra relación con el mundo exterior, existen interrogantes frente a desafíos como la integración, las inversiones extranjeras que dominan zonas claves de la economía, frente a la globalización. El hombre del fin de siglo padece de una incertidumbre generada por los cambios que desea y, paradójicamente, por el temor que esos cambios suscitan. Como decía Ortega y Gasset en su ensayo sobre Galileo, en épocas de crisis el hombre desprecia lo que ha hecho, pero no tiene con qué sustituirlo, y esto genera esa "incertidumbre" de la cual no puede escapar. Desea y, al mismo tiempo, teme los cambios porque no se los imagina.

"Visiones del futuro" no es un libro de predicciones, sino de comprobaciones a partir de las cuales puede uno derivar sus propias conclusiones o expectativas. Con un antecedente como este de Heilbroner, o a partir de su método, podría ensayarse a escala venezolana lo que entre nosotros ha predominado como esa "visión de futuro", muy frecuentemente condenada a confundirse como simple espejismo.

¿Cuándo y cómo nació en Venezuela la idea de futuro? Ensayemos una respuesta, guiados por el método de Heilbroner: El 14 de diciembre de 1922 es un día clave en los anales venezolanos. Ese día ocurrió lo que se consagró como el gran reventón del pozo Los Barrosos No. 2, cerca de Cabimas: desde una profundidad de 500 metros fluyeron sin control 16 mil metros cúbicos diarios de petróleo, y así, urbi et orbi, la ciudad y el mundo se enteraron de que en el subsuelo venezolano yacía una riqueza sin límites.

Pienso que a partir de ese episodio (o con él) nació nuestra idea de futuro. Esa visión venezolana de futuro ha estado contagiada de petróleo. Si en los años de la antigüedad descritos por Heilbroner no existían razones para pensar que pasado y futuro pudieran ser distintos, los venezolanos tuvieron desde entonces la promesa de que el futuro sería mejor a medida de que se desarrollara la industria de los hidrocarburos. La gente fue perdiendo la memoria del país pobre de solemnidad del siglo XIX y de las primeras décadas del XX y, alrededor del petróleo se fue generando y consolidando toda una cultura en los diferentes estratos y clases sociales. ¿Cómo éramos y qué éramos en 1920? En 1984, Asdrúbal Baptista dio la respuesta de manera precisa e inequívoca: "Para ese momento, Venezuela es un país sumido en la más absoluta miseria. Por décadas sinfín los vaivenes de la producción agropecuaria han sometido a sus pobladores a una sucesión de altibajos materiales dentro de los más rígidos límites de una pobreza insuperable".

Como escribió Eduardo Arcila-Farías, "ya en 1928 (Venezuela) estaba colocada en el primer puesto mundial como país exportador y en el segundo como productor, inmediatamente después de los Estados Unidos, que producía el 65% de la producción mundial del petróleo". En lo que el autor de "Evolución de la economía en Venezuela", (1962) llama "época dorada" del capital extranjero invertido en el país, la participación de Venezuela era de apenas un 10%. Sin embargo, aquel país paupérrimo que había sido siempre, tuvo por razón del petróleo una "visión de futuro", una expectativa. Hasta entonces nos parecíamos a quienes vivieron antes del siglo XVIII: o sea que los cambios no daban para expectativas. No había idea de cambio, tampoco idea de futuro.

En 1921 el petróleo se convierte en la primera fuente de ingresos del Estado venezolano, consolida al Estado y consolida a Juan Vicente Gómez, y obviamente, a los amigos extranjeros del General. Ningún centro de poder discutió entonces aquel régimen ni solicitó "liberalización" de la economía. ¿Por qué? El historiador Eduardo Arcila Farías dio la clave: "Señálase la década de 1921-1930 como el primer período de expansión de la industria petrolera en Venezuela, que pasó de 69.000 toneladas en 1920, a más de 20 millones de toneladas, o sea una producción aproximadamente 300 veces mayor. En la primera fecha Venezuela no era sino un productor insignificante que podía ser ignorado".

Eso dijo el gran historiador de la economía colonial y de la economía republicana. Puntualizó, además, que el crecimiento en esas cifras espectaculares no se tradujo ni significó para Venezuela una compensación adecuada o discreta por su contribución petrolera. "Los ingresos directos recibidos por el Fisco por concepto de la renta de hidrocarburos (escribió Arcila) fueron sólo de 228 millones de bolívares en esos diez años, incluyendo el valor de las inmensas concesiones otorgadas fraudulentamente por Gómez y los impuestos superficiales, de exploración, etc... Baste citar, para dar la medida en que fue defraudada la nación, que de acuerdo con las reglamentaciones actuales, la actividad petrolera de esa década sobre una superficie de concesiones igual a la de hoy, debía haber producido un ingreso aproximado de 1.556 millones, y si a estos se agregan los impuestos sobre las importaciones gravadas hoy que en aquellas épocas estaban exoneradas, se verá la inmensidad de la suma que Venezuela dejó de recibir a cambio de unos pocos millones que fueron a dar a manos de un reducido grupo de funcionarios y de abogados inescrupulosos".

Así, los primeros veinte años del siglo XX testimonian el vértigo de la ambición, por una parte, y por la otra una competencia abierta entre norteamericanos e ingleses por el otorgamiento de concesiones. A partir de ese momento, la idea o la visión venezolana de futuro ha estado contagiada de petróleo.

A partir de 1936 el Estado petrolero es cada día más interventor y cada vez asume mayores compromisos sociales. Ricos y pobres coinciden: el Estado y su riqueza es de todos, pero en la distribución del ingreso los primeros recibirán siempre muchísimo más que los segundos, maldecirán del Estado mientras como Rómulo y Remo maman incansablemente de las tetas de la loba. Los primeros no crean fuentes de trabajo, prefieren invertir afuera, en las bolsas de las grandes metrópolis, mientras a los segundos las fuentes de trabajo cada vez les interesan menos: allí está el Estado, sus ministerios, sus institutos autónomos, sus gobernaciones, sus alcaldías, para garantizar el ocio remunerado. En un país rico todo está dado, parece ser el evangelio conformista y evidentemente fatal. Pero, ¿basta, acaso, disponer de recursos naturales para garantizar la estabilidad y la consolidación de un Estado o de una nación? Venezuela, ¿país rico? Hay quienes prefieren con buen juicio que no pongamos énfasis en esa connotación, que invitemos, mejor, al esfuerzo cotidiano. Puede darse este axioma: como en el pasado la riqueza venezolana fue para otros más astutos, más ambiciosos, técnicamente más capacitados, el fenómeno puede repetirse, con gran sofisticación, naturalmente, con la sofisticación digna de la sociedad global.

El primer profeta de estas visiones no fue otro que el caballero isabelino Sir Walter Raleigh en el siglo XVI. Después de navegar aguas arriba del río Orinoco, escribió en "El descubrimiento del vasto, rico y bello Imperio de Guayana", que "El sol no fecunda en ninguna parte del mundo tantas riquezas". Claro, no encontró lo que venía a buscar, palacios de oro y amazonas de singulares encantos, pero adivinó una riqueza verdadera que por sí sola significa muy poco y no es ilimitada. El ensayo "Una ilusión de armonía / El caso Venezuela", escrito en 1984 por Moisés Naím y Ramón Piñango, dio las primeras campanadas. Era otra ilusión pensar que fueran oídos de buenas a primeras porque no hay nada peor que oír la verdad cuando es incómoda y cuando nos advierte que el espejismo está a punto de ser borrado. En una palabra, el petróleo ya no basta para ricos y pobres y la armonía, y lo que ese libro y sus ensayistas querían advertir era que la ilusión o la ilusión de armonía estaba en vísperas de naufragar. Los contratiempos económicos y políticos generados desde fines de los 80 pueden tener diversas interpretaciones, componentes y orígenes, pero su raíz parte de esta realidad: el fin de la armonía. Aquí radica la esencia de la crisis.

Una visión del futuro venezolano sería absolutamente banal si no se parte de este contexto. Al finalizar el siglo XX se afirma como denominador común de la gran mayoría de los venezolanos un criterio basado en la premisa de que la sociedad democrática no puede realizarse sin la ética de la libertad individual. En suma: Venezuela está en los umbrales de un nuevo tiempo. Hay, en efecto, una riqueza inocultable, y sin su mención el escorzo de este retrato sería incompleto: la gente. Venezuela es uno de los países más jóvenes del mundo: de sus 21 o 22 millones de habitantes, 15.656.733 son menores de 35 años, y en su composición étnica se juntan las sangres europeas, indígenas y africanas. En suma, un país "café con leche", unos más leche, otros más café. Un país joven no sólo por su historia, sino también por lo que registra la pirámide social. Tampoco es cuestión sólo de edad, porque la juventud venezolana que está en vísperas de asumir el protagonismo en los órdenes privado y público es una juventud egresada de las universidades venezolanas y de las mejores universidades del mundo. Un gran número de esos jóvenes ha cursado sus postgrados en las materias que tienen mayor atracción y mayor beligerancia, en cuestiones científicas, económicas y técnicas y dominan desde luego los desafíos de la era cibernética. Para ellos, ya comenzó el siglo XXI. Por primera vez en la historia venezolana una generación emergente asumirá la conducción del país con esas condiciones; y, con una adicional: ellos serán los líderes, rostros nuevos en todos los órdenes.

Leer las líneas de la mano de un país puede ser un ejercicio riesgoso. Vamos a seguir siendo un país petrolero por el tiempo previsible. El petróleo no puede ser ni satanizado ni deificado. La estabilidad, el fin de los caudillismos, el fin de las guerras civiles, la integración del país y, en cierta forma, la modernización o la organización del Estado, comenzaron bajo el siglo del petróleo. Con todo, no sólo de petróleo vive el hombre, y con todo el peso que el petróleo haya tenido o tenga en el proceso de este siglo, conviene detenerse en el rostro permanente del país, en el de sus intelectuales y de sus creadores, en aquellos que le dan dimensión y jerarquía y de cuyo pensamiento y contribución no pueden ser ajenas las percepciones del futuro. Ni el futuro parte de la nada, ni un país se transforma de la noche a la mañana. Venezuela vive una crisis profunda en todos los órdenes y es preciso entenderla como el final de un largo período histórico.

Hay una enorme diferencia entre el período que concluyó en los años 20 y el que concluirá en 1999. Si, como lo expresó Arcila Farías, los ingresos directos del fisco fueron un fiasco porque Venezuela apenas recibió en los primeros 10 años la suma de 228 millones de bolívares, en lugar de 1.556 millones, (sin considerar los otros privilegios que se le otorgaban a los trusts internacionales), la situación en nuestros tiempos es en gran medida diferente.

Aun cuando tengamos garantizado un ingreso considerable, la prioridad, naturalmente, no es sólo la de redimensionar el Estado y abrir las posibilidades de la iniciativa privada, sino también la de reformar la sociedad, persuadiéndola de los retos y desafíos y de las complejidades de la realidad del siglo XXI. La globalización ya es un fenómeno a la vista y la competencia para sobrevivir e, incluso, para progresar, es la primera condición. Los esquemas de integración subregional, regional, hemisférica o mundial, pueden estar bien diseñados y probablemente lo estén en su conjunto y esa tendencia no podrá ser detenida: es preciso, por tanto, producir y producir con la calidad requerida por un mercado cuyo acceso no será conformista, ni estará regido por el catecismo de San Francisco de Asís.

La globalización, entendámoslo también, es en buena medida una versión de la política de la "open door" postulada por los Estados Unidos en las últimas décadas del siglo XIX. O, lo que era lo mismo, "puertas (incondicionalmente) abiertas" para las manufacturas y mercaderías norteamericanas, y si no se produce para competir el riesgo es obvio: el de ser un mercado ajeno hasta donde alcancen las divisas petroleras. La globalización tiene un rostro cuyos signos sombríos ya aparecen en la escena de las "sociedades opulentas", el rostro del desempleo, eso que la "mano oculta" del mercado no resuelve. Hay otro problema que aún no tiene respuesta, el de la pobreza.

En 1996, el "Reloj de la pobreza" de las Naciones Unidas presentó el problema sin metáforas: el número de gentes que viven en la pobreza absoluta se incrementa en 25 millones cada año. Ese reloj advirtió que 47 personas ingresan al infierno de la pobreza crítica cada minuto. Los venezolanos no somos ajenos ni a un fenómeno ni al otro. No puede postularse una sociedad estable sin la imaginación y la sensibilidad necesarias frente a cuestiones de esta naturaleza. Hemos venido de un mito al otro mito. Unas veces navegamos en uno, naufragamos en otro. Existe una evidente perversidad en el primero de ellos, en el mito de la riqueza, sembrado como antes vimos por aquel caballero isabelino de no muy grata memoria, aunque de indudable imaginación.

¿Qué tal si inventamos el mito del trabajo, el mito de la disciplina, el mito de la solidaridad, y nos despojamos de los mitos fáciles, pero poco felices, de los mitos que nos han llevado a perder creatividad y vigor? ¿O nos despojamos de los mitos y optamos por el espejo y no por el espejismo? La interrogante que se abre en el horizonte del tiempo por venir no es otra que la del primer desafío de la sociedad democrática: ¿cómo resolver la desigualdad social, combatir la pobreza, superar la brecha entre quienes tienen todo y entre quienes cada vez tienen menos? Reflexionar sobre la política exterior de Venezuela en el contexto mundial, y en particular sobre las relaciones bilaterales, acaso sea prioritario porque se trata de una de las cuestiones de mayor relieve que debamos atender. Recozcamos, en primer lugar, que se trata de un tema arduo, el cual, al mismo tiempo, adquiere mayor relieve en la medida en que se acentúan las tendencias de globalización de la economía y las sociedades tienden a interconectarse, más allá de las fronteras y más allá de las políticas de sus Estados.

En la medida en que las relaciones se diversifican y todos participan en ellas, se va desdibujando el propio rol de las cancillerías. La política exterior de un país está generalmente dictada por dos factores esenciales: a) por su seguridad, y b) por sus necesidades de intercambio y de desarrollo. En ese sentido, no cabe duda sobre la significación de las relaciones bilaterales y de las relaciones bilaterales con nuestros vecinos, con los países con los cuales limita nuestro país, que, por cierto, son al propio tiempo, nuestros socios comerciales de mayor significación. Nuestros vecinos terrestres son Brasil, Colombia y Guyana; nuestros vecinos marítimos son el Reino de los Países Bajos, (las Antillas Neerlandesas), los Estados Unidos de América, la República Dominicana, Trinidad-Tobago, y algunas otras islas del Caribe; Colombia y Guyana tienen la particularidad de que son vecinos también en el mar. De la relación bilateral con tantos países y, con la primera potencia mundial, entre ellos, casi puede deducirse la política multilateral, dentro del contexto general de las relaciones internacionales. Por una razón o por otra, lo bilateral está adquiriendo connotaciones también multilaterales, por el entramado y diversificación de los intercambios, y por la creación de organismos como la OMC y la creciente influencia de entidades financieras como el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional, el Banco Interamericano de Desarrollo, la Corporación Andina de Fomento, etc.

Creo que conviene una breve mirada al pasado para iluminar en lo posible el presente, y quizás para comprender la actitud del venezolano frente a estos asuntos, su indiferencia o sus aprensiones. La política exterior del país durante el siglo XIX fue estudiada de manera muy profunda y circunstanciada por el Dr. José Gil Fortoul, en diversos y extensos capítulos de su "Historia Constitucional de Venezuela", y en ensayos escritos para "El Cojo Ilustrado" en 1903. Como quiera que las dos cuestiones que condicionan nuestras relaciones bilaterales, y en cierta forma, nuestra política exterior en su conjunto tienen su orígen en el siglo XIX, esta mirada al pasado no sólo parece conveniente, sino también inevitable.

Después de la década turbulenta de Cipriano Castro, la política exterior de Venezuela entró en 1909 en un largo túnel de silencio, como si fuera preferible la opción de que el mundo se olvidara de la existencia del país. Así habría ocurrido de no haber figurado de manera tan prominente en los mapas del petróleo. Pero con todo, el bajo perfil fue el más astuto recurso para evitar, en lo posible, cuestionamientos al sistema dictatorial, y de llevar a cabo los acomodos complacientes con el mundo exterior que distinguieron a Juan Vicente Gómez de Cipriano Castro.

Esa modalidad del bajo perfil en la política exterior de Venezuela se prolonga hasta 1945, cuando el gran Canciller Caracciolo Parra-Pérez interviene, en tiempos todavía del Presidente Medina-Angarita, en la fundación de las Naciones Unidas, dándole jerarquía poco usual y relevancia notable a nuestro país. Desde los días aurorales de los primeros años de la Independencia, Venezuela no había tenido una política exterior tan sagaz y consistente como la ejecutada por Caracciolo Parra-Pérez. El gran historiador merideño se formó en la Sociedad de las Naciones, y esto explica su relieve y sus contribuciones en las Conferencias de Chapultepec y de San Francisco. Fue durante este tiempo cuando Venezuela oficializó otra vez, ya al final de la II Guerra Mundial, la reclamación del Esequibo, con posibilidades ciertas de éxito como sólo se habían dado cien años antes, cuando negociaba el ministro Alejo Fortique con Lord Aberdeen, en 1844. El azar volvió a torcer el rumbo. Desde el primer intento han trascurrido más de 150 años, cifra que puede tener connotaciones de epitafio.

De modo que los signos de la política exterior de Venezuela que, en alguna ocasión llamé mitos, oscilaron entre el signo de la bullaranga de Cipriano Castro y el signo del silencio de Juan Vicente Gómez, durante los primeros 35 años del siglo. Los mitos o los signos se eclipsan y reaparecen, según las épocas y según los protagonistas. Sobre los grandes mitos políticos nos ilustró, con su erudición extraordinaria, el profesor Manuel García-Pelayo. Los mitos, en sí, no son necesariamente buenos, ni necesariamente malos, y sólo se perciben a través de sus consecuencias o de sus implicaciones. Si no estoy equivocado, el primer venezolano que habló de mitos en la política fue Simón Bolívar en la "Carta de Jamaica", al referirse al mito mexicano (del regreso) de Quetzalcóatl, el profeta benévolo que, al abandonar a sus pueblos les prometió volver para restaurarles su felicidad. Recordemos que Bolívar le preguntó a su corresponsal imaginario: "¿Esta tradición no opera y excita una convicción de que muy pronto debe volver?". En las largas referencias al profeta, Bolívar añadió: "La opinión general es que Quetzalcóatl es un legislador divino entre los pueblos del Anahuac, del cual era lugarteniente el gran Moctezuma, derivando de él su autoridad". Sin extendernos en la consideración de este mito y sin pretender establecer analogías blasfemas en tiempos de tanta intolerancia, entre Quetzalcóatl y una virgen cristiana, veamos cómo y qué pensaba Bolívar sobre el valor de las creencias religiosas: "Felizmente los directores de la independencia de Méjico se han aprovechado del fanatismo con el mejor acierto, proclamando a la famosa virgen de Guadalupe por reina de los patriotas; invocándola en todos los casos arduos y llevándola en sus banderas. Con esto, el entusiasmo político ha formado una mezcla con la religión que ha producido un fervor vehemente por la sagrada causa de la libertad. La veneración de esta imagen en Méjico es superior a la más exaltada que pudiera inspirar el más diestro profeta".

III. VENEZUELA EN EL CONTEXTO DE LAS REALIDADES POSIBLES

La característica fundamental de la política exterior, de cómo se perfila en el siglo XXI, es el multilateralismo. Atrás están quedando los esquemas que predominaron desde el siglo XIX, los tratados entre países que los obligaban de modo bilateral. No quiere esto decir que vayan a desaparecer de la noche a la mañana los textos bilaterales, pero ya una gran parte de ellos ha pasado o está pasando a la historia. Es la gran corriente que nace a fines de este siglo y que, sin duda, se proyecta como la característica predominante del próximo. Ya desde la creación de la Sociedad de las Naciones en 1920, y sobre todo, de la ONU en 1945, la tendencia se señalaba como una condición de las relaciones entre los Estados. Sucedió con la OEA, con el SELA. Está sucediendo con la Comunidad Andina que no es un simple esquema de integración económica, sino que va más allá, hacia la integración política, hacia la aplicación de políticas exteriores comunes.

La tendencia multilateral se consolida inicialmente en el terreno comercial y en los intercambios económicos. En nuestra región tenemos, pues, la CAN, Mercosur, el Mercado Común Centroamericano, y Caricom. El comercio interegional de la Comunidad Andina se elevará en 1998 en alrededor de 6.500 millones de dólares. Solamente el comercio entre Venezuela y Colombia sobrepasará este año los 2.500. Se van incrementando las inversiones entre un país y otro y esto establece una red de intereses que garantiza el dinamismo de los intercambios y las políticas multilaterales. El Acuerdo de Cartagena que va a celebrar sus treinta años en 1999 languideció durante mucho tiempo por la disparidad de políticas económicas entre los países andinos, por la poca visión del empresariado y por la tendencia al proteccionismo que se juzgó como un santuario. La planificación no podía tener éxito en países de regímenes legales tan disímiles. Cuando se dio la apertura y la liberalización y se inició un proceso de armonización de políticas, los intercambios demostraron que aquellas barreras no eran las más aptas.

La gran meta del multilateralismo será la Zona de Libre Comercio de las Américas prometida para la primera década del siglo. Una decisión inteligente (o quizás realista) de quienes han diseñado este esquema fue considerar a los esquemas regionales o subregionales existentes como partes del gran esquema general que unirá a la América del Norte (EEUU, Canadá y México) con el Caribe y los países de la América del Sur. La promesa en el tiempo parece ser utópica. No así las posibilidades, aun cuando en materia de realidades económicas el tiempo (y sobre todo, los intereses de los más fuertes) suelen dar demasiadas sorpresas.

En materia económica, el paso más decisivo dado hacia el multilateralismo fue la creación de la Organización Mundial de Comercio. Creada en enero de 1995, la OMC tiene cuatro funciones esenciales: a) administrar los diferentes acuerdos comerciales que convergen en la propia OMC; b) actuar como foro para negociaciones multilaterales de comercio; c) resolver (o tratar de) las disputas o discrepancias entre sus miembros; y, d) supervisar las políticas económicas nacionales.

Pocos países están aún fuera de ella; entre estos figura China, país continente que mantiene reservas importantes. El ingreso a la OMC hace nulos o innecesarios muchos acuerdos o tratados bilaterales. Es una organización supra-nacional que está en sus primeros tiempos y deberán observarse sus efectos sobre la regulación del comercio y, sobre todo, su capacidad para resguardar la equidad en las relaciones internacionales.

La connotación multilateral, con ser tan globalizante, no anulará, no obstante, la relación bilateral, sobre todo entre países vecinos. Las razones son más que obvias, a medida que las fronteras se diluyen en virtud de la dinámica de los intercambios, así se hace más diversa la red de intereses y de problemas. Las relaciones bilaterales de Venezuela de mayor significación se concentran en tres países: Colombia, al oeste; Brasil, al sur, y Estados Unidos, al norte. Tomo estos tres países por las implicaciones indudables que tienen en nuestras relaciones bilaterales, por los desafíos que nos plantean o por las posibilidades que nos abren, como por lo que han significado a través de los tiempos..

I. Colombia es el país con el cual tenemos mayores y más profundos vínculos históricos, humanos y económicos. Ningún otro ofrece las posibilidades de Colombia; ningún otro, al propio tiempo, ofrece mayores riesgos y mayores desafíos. Una antigua discrepancia sobre la delimitación en las áreas marinas y submarinas del Golfo de Venezuela mantiene el futuro de las relaciones entre Colombia y Venezuela en condición de rehenes. (No descartemos que en el futuro la cuestión se vea como una disputa anacrónica, para un tiempo en que ya eran evidentes las tendencias integracionistas, y los intereses compartidos le otorgaban menor significación al concepto tradicional de fronteras). Venezuela defiende intereses vitales, (en la connotación que les da el Dr. Juan Carlos Rey), en tanto Colombia aspira al máximo de lo que podríamos considerar, objetivamente, como intereses marginales, sin que esto implique que nos arrogamos el derecho de definir lo que sólo a ellos corresponde hacer..

Las promesas de integración y armonización han sido opacadas por factores como los movimientos guerrilleros, por una parte, y su acción en las fronteras; por la otra, el narcotráfico. No obstante, las posibilidades de paz en Colombia comienzan a ser ciertas, y todos esperamos que las conversaciones personales entre el Presidente Andrés Pastrana y los dirigentes de las FARC y del ELN se consoliden y rindan sus frutos en el menor tiempo posible. Pastrana es un estadista inteligente y conoce a fondo los problemas de su país y comprende la significación de las relaciones colombo-venezolanas. Conviene tener presente que las guerrillas colombianas no son ni han sido a través de los años un fenómeno efímero o pasajero, o resultado de una explosión armada circunstancial. Se trata de un fenómeno mucho más profundo, de una realidad que ha tenido visos de permanencia, y domina extensas zonas del territorio colombiano. Establecidas en gran parte del mapa, ocupan (o actúan) en gran medida en las zonas colombianas que limitan con Venezuela, desde la Guajira hasta el Amazonas. Hay una especie de status quo que sería erróneo no considerar en sus dimensiones. Es preciso analizar las relaciones venezolano-colombianas en toda su complejidad, entre el desafío y la promesa. La concepción de "globalidad" se ha impuesto como método o procedimiento de trabajo, y comienza a tener un peso importante el avance en las relaciones económicas, de comercio y de inversión, entre ambos países.

El solo valor de los intercambios sitúa a Colombia en una escala privilegiada y prioritaria para Venezuela. Las cifras oscilan entre US $ 2.200 y 2.500 millones. La inversión colombiana en Venezuela alcanzó a los US $ 350 millones en 1995. Asimismo, la venezolana en Colombia tuvo su contrapartida. Después de Estados Unidos, Colombia es el principal socio comercial y económico de nuestro país. Si las relaciones colombo-venezolanas son complejas, esto indica simplemente que las posibilidades son abrumadoramente promisoras. Colombia es un país de gente admirablemente trabajadora e imaginativa. Si con todos los problemas que ahora confronta, la economía no parece ignorarlos, reconoce sus efectos, pero al propio tiempo revela su solidez. No es una economía rentista, ni dominada por el Estado. Para una relación sin riesgos, se precisa una política ardua de ambos países.

Una política que consolide la paz de los Estados, que comprenda lo que es trascendente, lo fundamental, lo que debe ser una relación permanente, de interrelación e integración en todos los ámbitos, partiendo del ámbito de la Cultura. Las relaciones con Colombia son la primera de nuestras prioridades de política exterior. De ellas dependen grandes asuntos; de ellas también depende lo que hagamos o podamos hacer en grupos multilaterales como la Comunidad Andina, el Grupo de los Tres, el Grupo de Río, la Cumbre Iberoamericana. Requieren, en última instancia, de un gran esfuerzo de comprensión, de voluntad y de equilibrio, y sobre todo de visión. Colombia, gracias a los dioses, tiene petróleo. Quizás las generaciones emergentes puedan entender el desafío, sin los resquemores y la carga de complejos anacrónicos que a veces se explotan a un lado y otro de la frontera.

II. Las relaciones con Brasil constituyen un buen tema de reflexión. Aun cuando la geografía extensa tiende a separarnos, poco a poco las relaciones económicas con el Brasil van tomando un ritmo ascendente. En materia política las relaciones son óptimas. Desde los buenos tiempos del Presidente José Sarney y del Canciller Roberto de Abreu Sodré, cuando Brasil se abrió a la América Latina y se constituyó el Mecanismo de Consulta y Concertación Política o Grupo de Río, la cooperación es abierta. Un buen número de empresarios venezolanos (del comercio y de la industria) viajó a Brasil en 1987 y se llevaron a cabo conversaciones útiles entre los directivos de la Cámara de Comercio Brasil-Venezuela, con la Federación de Industrias de Sao Paulo, etc. etc. Fue un inicio, un primer paso quizás, lo que se quiera, una aproximación, o un reconocimiento de que el gigante estaba ahí, pero no lo estábamos descubriendo. A partir de entonces, los intercambios se han intensificado.

Años antes (1978) habíamos discutido, convenido y suscrito el Tratado de Cooperación Amazónica. Quizás fue un comienzo. La realidad ha variado o está variando, y ojalá varíe con eficacia. Las relaciones han adquirido una dimensión esperada, determinada por diversos factores, entre ellos, quizás, por la necesidad de Brasil de redefinir sus propios esquemas, dada la creación de Mercosur, por la creciente incidencia de la minería ilegal en la frontera amazónica, por la necesidad creciente de energía y de acceso a nuevos mercados para sus industrias del nordeste. Venezuela ha comenzado a ver en el Brasil un país con el cual puede compartir intereses de largo plazo y de largo alcance.

Entre estos signos están, en materia política, el intercambio de visitas de los Presidentes Caldera y Fernando Henrique Cardoso, el apoyo de Venezuela a Brasil como miembro permanente del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas y, en materia económica, la exploración para una interconexión eléctrica, las posibilidades de asociación de las empresas petroleras, la construcción de vialidad, el comercio fronterizo, etc. Todo esto asumido con entusiasmo y convicción. Nada más deseable que unas relaciones dinámicas con un país como Brasil, vecino con el cual (lejanas, en distintos tiempos, o como fuere) las relaciones de Venezuela han sido siempre armoniosas.

III. Desde el siglo XIX, Estados Unidos es nuestro principal socio en materia económica y lo seguirá siendo por el tiempo previsible. La interdependencia es creciente. Después de más de 70 años, Venezuela ha adquirido un lugar aún más prominente como proveedor energético de los Estados Unidos, tanto con las inversiones venezolanas en el insaciable mercado del Norte, como con la apertura petrolera de los últimos tiempos que crea una red de intereses comunes, clave de toda negociación. Sobre los asuntos de la relación bilateral, se desarrollan paralelamente los compromisos de índole multilateral derivados de la Cumbre Hemisférica de Miami (de 1994). En esta cumbre se formalizó el compromiso de crear un Area de Libre Comercio de las Américas para el año 2005. Esto ha generado un proceso de negociaciones permanentes, en etapa aún exploratoria.

Venezuela y Estados Unidos, dentro de este esquema de trabajo, co-presiden el grupo que tiene a su cargo el análisis de la cooperación energética y desarrollo sostenible que prepara la cumbre que debía llevarse a cabo en Bolivia en diciembre de 1996. Venezuela aspiraba a que este proceso la ubicase como una suerte de garante energético del hemisferio. Sin embargo, el tema evolucionó en lo multilateral hacia la cooperación con el objeto de hacer de las Américas un hemisferio puntal en inversiones y tecnologías energéticas compatibles con el medio ambiente. Venezuela es, en todo caso, la fuente energética de mayor seguridad o una de las de mayor seguridad en el mundo. No es un destino simple. La cuestión energética es un tema para la cumbre de Bolivia, y nos conviene pensar que será asumido con lucidez por los negociadores venezolanos.

En el área del comercio hemisférico, los avances han sido de carácter técnico, paso preliminar para la etapa de negociaciones propiamente dichas. En la 2a. reunión ministerial (Cartagena, marzo 1996), se añadieron otros temas de estudio y se convino en que el Area de Libre Comercio de las Américas sería como la suma de los acuerdos bilaterales y subregionales existentes, mediante su armonización. Este esquema de integración es promisor y exigente, al mismo tiempo. El que se haya convenido desde ya que los acuerdos vigentes tendrán vigencia en el tratado final de libre comercio es un reconocimiento al camino andado, y, al propio tiempo, una garantía de que no se está arando en el mar.

En el ámbito bilateral, las relaciones entre Venezuela y los EEUU han comenzado a deslastrarse de diversos casos de demandas que afectaron productos no tradicionales. Los temas más sensibles están ahora en el área de los servicios, de modo especial en torno a la propiedad intelectual, al área del ambiente y del comercio. En el primer caso se cuestiona nuestra capacidad de vigilancia y de sanción de las violaciones a nuestras propias leyes de propiedad intelectual, y en el segundo, por las restricciones al acceso al mercado norteamericano por normas ambientales. Ocurrió con las gasolinas reformuladas y con la pesca. Venezuela ocurrió ante el órgano de solución de controversias de la OMC, y obtuvo una decisión favorable. Se trataba de saber, en una palabra, si era discriminatoria o no la norma que le permite a los refinadores domésticos más tiempo para cumplir con las exigencias de la Ley de Aire Limpio de la que se le permite a los productos importados. El otro asunto tiene que ver con la pesca de atún, la defensa de los delfines, y la competencia que sabe manejar en los EEUU estos recursos, competidores que pescan en río revuelto. Las normas conservacionistas son, en todo caso, un credo no sólo incuestionable, sino enteramente compartido.

En todo caso, estas son cuestiones coyunturales o inevitables con un país de intereses globales tan variados, tan intrincados y, a veces, contradictorios. Estados Unidos ha multilateralizado sus relaciones como tantos otros países, y esta situación de obligaciones globales que condiciona la política exterior norteamericana también influye en los acuerdos de cooperación con Venezuela y explica por qué algunas comisiones bilaterales han perdido su impulso anterior y por qué algunas negociaciones pendientes, como las destinadas a evitar la doble tributación y las de garantía y protección de inversiones se han visto condicionadas por lo que ocurra en esos mismos asuntos en el dominio o en la escala multilateral. Las inversiones forman parte de esos temas que han salido o están saliendo de la órbita bilateral.

Baste estos ejemplos para ilustrar las grandes tendencias de la economía mundial, cuestión a la que me acerco con el temor reverencial de los legos. No es posible abrigar dudas sobre la significación de las relaciones de Venezuela con los Estados Unidos. Discretamente, Venezuela se ha convertido en la principal fuente de abastecimiento petrolero de los Estados Unidos, desplazando a Arabia Saudita. La Citgo, filial de Petróleos de Venezuela, se ubicó en el primer lugar de los expendedores de gasolina en el mercado norteamericano, superando a Texaco, Amoco, y Exxon. No conozco el rendimiento de las inversiones petroleras venezolanas en los EEUU, pero imagino que deben estar dentro de lo discreto en negociaciones de esta naturaleza. Si a esto añadimos la apertura petrolera al capital internacional, podemos imaginar un futuro capaz de balancear las inequidades del pasado y de garantizar que nuestras relaciones con los Estados Unidos sean permanentes, confiables, basadas en la premisa de la comunidad de intereses y en la concepción democrática de la sociedad.

IV. LOS PROTAGONISTAS DEL SIGLO XXI

Las piezas del rompecabezas de la política mundial en el siglo XXI serán estas, según los signos de la realidad: Estados Unidos, China, la Comunidad Económica Europea, Japón y los países asiaticos y, finalmente América Latina, con sus perspectivas de integración. Estados Unidos, sin duda alguna, será uno de los grandes protagonistas. No obstante, veamos las percepciones que se tienen ahora en torno al papel y las posibilidades de EEUU en el siglo XXI. Son contradictorias, como es natural. No hay unanimidad. Una tesis es sostenida por Mortimer Zuckerman (en "Foreign Affairs", Mayo-Junio, 1998), y la llamaremos la "tesis optimista". MZ postula la tesis de "un segundo siglo norteamericano". Se basa en hechos como estos: a) la economía de los EEUU está en su 8º año de desarrollo sostenido, aventajando a Japón y Alemania. "La prosperidad norteamericana es estrutural, no transitoria, dice MZ, y su ventaja sobre Europa y Asia se ampliará con el tiempo". El analista termina con una afirmación casi desafiante: "Tuvimos el siglo XX. También tendremos el XXI".

Otro analista, el economista Paul Krugman, joven y ya famoso, sostiene una tesis diferente a la excesivamente optimista de MZ. La llamaremos "la tesis prudente". PK sostiene que "hace unos años ciertos "sabios" (o "pundits") estaban convencidos de que EEUU iba siendo dejado atrás por Europa y Asia, y debían emular sus más intervencionistas Estados para mantenerse competitivos". Ahora, según PK, es un lugar común sostener que EEUU es número UNO y que el resto del mundo debe adoptar sus políticas de laisser-faire. "En efecto, dice PK, ninguna de estas caricaturas es cierta". "Asia estaba floreciendo, ahora está marchitándose, pero regresará". Para el economista de Harvard, persistirá la osificación europea. Pero lo que es importante es que mientras la economía de EEUU atraviesa un período de florecimiento sólido, nada fundamental ha cambiado. La rata de crecimiento a largo plazo no se ha acelerado, la productividad no se ha elevado y la rata de desempleo estructural ha disminuido solo en 1%, cuando máximo. "Al venir la nueva recesión, todo este triunfalismo aparecerá muy tonto", concluye PK.

La crisis asiática ha sido interpretada en los EEUU como la victoria del estilo norteamericano, "the American style capitalism". Como la caída del muro de Berlín en 1989 fue interpretada como el triunfo de la "democracia liberal", la crisis asiática ha sido vista como el triunfo inevitable del modelo norteamericano, del "free market Capitalism". Otro analista, Donald Emmerson, piensa que "sería extremadamente presuntuoso predecir que la crisis asiática indicaría que esos países van a adoptar el "camino norteamericano". La cuestión es mucho más compleja. Libertad política y gobiernos competentes son las claves del regreso de Asia a la prosperidad y no la adopción del "American way of bussines".

Sin embargo, antes de estos años de desarrollo sostenido, la percepción era otra: Zbigniew Brzezinski, en "Out of Control / Global Turmoil on the eve of the 21st Century", (1994) sostenía que EEUU "no podría ser ya más ni el policía global, ni el banquero global, ni el moralista global". Para ZB el protagonista fundamental del siglo XXI no será un país o una potencia, sino un factor social: la desigualdad. No es un factor nuevo, ciertamente. Pero reaparecerá con mayor fuerza en un ambiente distinto. ZB lo dijo así: "...la desigualdad fue tolerada porque los continentes estaban separados por inmensas distancias, caracterizados por culturas remotas o desconocidas entre sí, pero en un mundo que se ha convertido en más próximo y más íntimo, caracterizado por un despertar político masivo, la desigualdad se está haciendo intolerable". La demografía contará decisivamente en las complejidades de este factor. Dice ZB: "El crecimiento demográfico global es altamente desigual. Afectará de modo especial las porciones más pobres de la humanidad. Así, mientras crece la población mundial, la desigualdad en la distribución de la riqueza será mucho más evidente".

China será otro de los grandes protagonistas del siglo XXI. Con una población de 1.200 millones de habitantes, con un desarrollo espectacular, China ha sido considerado por algunos analistas mundiales como la potencia emergente. El mismo ZB considera al siglo XXI, como "el siglo de China", a diferencia de Mortimer Zukerman que lo considera "el otro siglo norteamericano". China y los antiguos países de la URSS, y en especial Rusia, son analizados dentro de un contexto realista. Se contrasta la evolución de ambos países: la solidez de China frente al caos económico de Rusia. Robert Kaplan ("Sometimes, Autocracy breeds Freedom", NYT, 28.VI.98) compara ambos procesos. China tiene un crecimiento económico de 8% en 1998, mientras a Rusia, por su pobreza se le comienza a llamar en Europa "la segunda cortina de hierro". Hay un evidente proceso de liberalización de la sociedad china, mientras el país progresa económicamente; alrededor de 10 millones han constituido empresas medianas. El Presidente Jiang Zemin le dijo a Clinton que China había rescatado en los últimos años a 200 millones de chinos de la pobreza absoluta. De modo que todas las presiones sobre China para que imite a la antigua URSS son absolutamente negativas. China tiene su propio camino y será un protagonista de primera magnitud en el siglo XXI.

La Comunidad Económica Europea será otro de los protagonistas, quizás pensando más en el bienestar de sus socios que en otros asuntos. Japón y los asiáticos estarán, asimismo, en el gran mapa, con los altos y bajos que son fatales a todas las economías. América Latina y sus diferentes esquemas de integración y desarrollo tienen un papel y un desafío dentro de ese contexto general.

V. GLOBALIZACIÓN Y COMPETENCIA

La cuestión final radica en cómo va a jugar Venezuela en este complejo ajedrez del siglo XXI. La globalización parte del evangelio del libre mercado, en sus formas más ortodoxas. Si bien las economías rígidamente controladas por el Estado cayeron en desuso y perecieron ante las tentaciones de la burocratización, las crisis periódicas del mercado constituyen una advertencia severa sobre la necesidad de fórmulas equilibradas. Ni intervencionismo ni abdicación. Los dogmas de la globalización no son enteramente novedosos. Como hemos visto, sus orígenes se remontan a la política del "open door", cuya prédica proliferó a finales del siglo XIX. El contexto posible de las relaciones mundiales no oculta sus signos. Parece fatal insertarse en el gran tablero, pero con la conciencia de que la competencia ni será benévola ni será leal.

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